Hay problemas que se resuelven cambiando lo que haces, y hay otros que vuelven. Con otra cara, en otro sitio, con otras personas, pero vuelven.
Cambias de trabajo y a los seis meses estás en la misma conversación de siempre, con un jefe distinto. Te propusiste no repetir con tu hija lo que hicieron contigo, y un día te oyes decir exactamente aquella frase. Te fuiste de una relación y entraste en otra que, mirándola de lejos, se parece demasiado a la anterior.
Cuando eso pasa, casi todo el mundo busca la explicación en el mismo sitio: qué te pasa a ti, qué tienes tú que no funciona. El coaching sistémico mira a otro lado, y por eso a veces encuentra lo que llevabas años sin ver.
Un coaching individual trabaja contigo: tus objetivos, tus creencias, tus decisiones, lo que dependía de ti y no estabas haciendo. Funciona, y funciona bien, en todo lo que está dentro de tu alcance.
El enfoque sistémico añade una pregunta que el individual no suele hacerse: ¿de qué sistema forma parte esto que te pasa? Una familia es un sistema. Un equipo, una empresa, un departamento, una pareja, una cuadrilla de amigos de toda la vida, también. Son conjuntos de personas unidas por vínculos, con su historia, sus reglas no escritas y su reparto de papeles.
Dentro de un sistema nada ocurre suelto. Lo que tú haces sostiene algo, y algo te sostiene a ti. Por eso hay cambios individuales que no aguantan: la persona cambia de verdad, y el sistema tira despacio hasta devolverla a su sitio de siempre.
Dicho corto: en lugar de preguntar solo qué te pasa, se pregunta también a quién le estás siendo fiel sin saberlo.
No es una ocurrencia reciente ni una moda de coaching. Viene de un cambio de mirada que empezó en la biología, pasó por la comunicación y acabó en las organizaciones.
El biólogo austríaco Ludwig von Bertalanffy (1901-1972) formuló la idea de fondo: un ser vivo no se entiende sumando sus partes, porque lo que lo explica son las relaciones entre ellas. Su libro Teoría general de los sistemas se publicó en 1968 y esa idea saltó enseguida de la biología a la psicología, a la empresa y a la ingeniería.
A finales de los años cincuenta, el psiquiatra Don D. Jackson fundó el Mental Research Institute en Palo Alto, California, y allí se juntó con el antropólogo Gregory Bateson y su equipo. Su planteamiento fue radical para la época: el síntoma de una persona se entiende mucho mejor dentro de la comunicación de su grupo que dentro de su cabeza. De ese grupo salió en 1967 Teoría de la comunicación humana, de Paul Watzlawick, Janet Beavin y el propio Jackson, con una frase que sigue siendo el resumen de todo: no se puede no comunicar.
En los sesenta y setenta, autores como Salvador Minuchin, Murray Bowen o Virginia Satir empezaron a recibir en consulta a familias enteras en lugar de a una sola persona. De ahí viene una idea que el coaching sistémico ha heredado: quien llega pidiendo ayuda muchas veces está cargando algo que es de todos, no solo suyo. Conviene decirlo claro: aquello era terapia y esto no lo es. El coaching sistémico toma de ahí la mirada, nunca el tratamiento.
En 1990, Peter Senge publicó La quinta disciplina y llevó esta mirada al mundo del trabajo, apoyándose en la dinámica de sistemas que Jay Forrester había desarrollado en el MIT. Su tesis, muy resumida: la estructura genera comportamiento. Si un equipo repite el mismo fallo con tres personas distintas en el mismo puesto, el problema probablemente no estaba en ninguna de las tres.
Bert Hellinger (1925-2019) popularizó un modo concreto de trabajar en grupo con estas dinámicas: representar el sistema en el espacio, con personas ocupando el lugar de cada miembro, para ver lo que en una conversación no se ve. De ahí salieron las constelaciones familiares y, más tarde, su versión para empresas y equipos. Son una herramienta dentro de la mirada sistémica, no la mirada entera: se pueden usar sus herramientas sin hacer una constelación, y es lo que ocurre en la mayoría de las sesiones.
Aquí es donde esto deja de ser teoría. Si alguna de estas diez te suena de cerca, ya sabes de qué va el coaching sistémico.
La misma persona, las mismas capacidades, el mismo esfuerzo, y de pronto no rinde. Nadie entiende nada, así que se concluye que se relajó. Casi nunca es eso: cambió el sistema, y en el nuevo su forma de trabajar ya no encaja en ningún hueco. Lo que antes se premiaba, ahí molesta.
Cuando el conflicto se repite con personas distintas, deja de ser cosa de esas personas. Suele haber un lugar antiguo, casi siempre familiar, donde la autoridad se colocó de una manera concreta; y cada jefe nuevo entra sin saberlo en ese sitio ya ocupado.
Nadie lo decidió en voz alta, y sin embargo estaba asignado desde muy pronto. Uno es el responsable, otra la que anima, otro el que da problemas para que los demás no tengan que darlos. Se hereda un papel igual que se hereda el color de los ojos, y treinta años después esa persona sigue sin poder pedir ayuda porque en el reparto le tocó ser quien la da.
Cambia el culpable y el patrón sigue intacto. Entra alguien nuevo con ganas y a los seis meses le ha tocado el papel. Cuando el sitio existe antes que la persona, el problema no es quién lo ocupa: es que el sistema necesita a alguien ahí para no mirar otra cosa.
La empresa era mala, eso quizá fuera cierto. Y aun así, si el malestar viajó contigo intacto y con el mismo guion, hay algo que no estaba en la empresa. Cambiar de escenario no cambia la escena.
Hoy es el móvil, mañana es la suegra, la semana pasada era el dinero. El tema cambia y el enfrentamiento es idéntico, con los mismos papeles y el mismo final. Eso ya no es un desacuerdo, es una dinámica: el sistema resolviendo algo por la única vía que conoce.
Llegó lo que se buscaba durante años y en lugar de alivio apareció una incomodidad que cuesta nombrar. A veces detrás hay una lealtad silenciosa: no ir más lejos de donde llegó tu padre, no ganar más que quien te crió, no dejar atrás a los tuyos. Se paga con insomnio antes que con palabras.
Sobre el papel, la dirección cambió de manos. En la práctica el fundador sigue estando, aunque ya no venga por la oficina, y los veteranos siguen mirando hacia donde miraban antes. Los relevos que no se nombran no terminan de ocurrir, y quien hereda el cargo hereda también el conflicto.
Se fue alguien, se cubrió el puesto, se siguió trabajando y nadie volvió a nombrarlo. Desde entonces hay una densidad rara en las reuniones que nadie sabe explicar. Los sistemas registran las salidas aunque las personas prefieran no hablar de ellas.
Es de las que más desconciertan, porque no hay ninguna desgracia que señalar. Cuando el bienestar propio se vive como una traición a alguien, la dificultad no está en conseguir las cosas: está en poder quedárselas.
Cuatro momentos, no un guion fijo.
Se empieza por lo mismo que en cualquier sesión de coaching: qué te trae, qué querrías que fuera distinto y qué has intentado ya.
A partir de ahí cambian las preguntas. En lugar de quedarte en lo que tú haces, se mira el mapa completo: quiénes están en esta historia, quién llegó antes, quién sostiene qué, qué se dice y qué se calla, y qué lugar ocupas en ese reparto.
Cuando hace falta verlo y no solo hablarlo, se usan herramientas de representación: colocar en el espacio, con objetos o con papeles, a cada parte del sistema. Ver el mapa fuera de la cabeza cambia la conversación en cuestión de minutos.
El trabajo no consiste en repartir culpas hacia atrás. Consiste en poner cada cosa en su sitio y decidir, desde ahí, qué haces tú con lo que te toca.
Son dos cosas distintas y se confunden a menudo, así que conviene separarlas.
El coaching sistémico es la mirada, y se aplica en una sesión individual, con conversación y con herramientas de representación cuando aportan. Una constelación familiar es un formato concreto de trabajo, normalmente en grupo, donde el sistema se representa con personas y se observa lo que ocurre al colocarlo.
Puedes hacer coaching sistémico sin hacer nunca una constelación. Y una constelación se apoya en la misma mirada que acabas de leer.
Si lo que buscabas era esto último, aquí está explicado a fondo: qué son las constelaciones familiares.
Un equipo es un sistema, y se comporta como tal. Tiene un orden de llegada, deudas antiguas, salidas mal cerradas, méritos que nunca se reconocieron y personas ocupando lugares que no les corresponden. Nada de eso aparece en el organigrama y todo eso decide cómo va una reunión del martes.
Trabajar esto dentro de una organización tiene nombre propio, constelaciones organizacionales, y es la misma mirada aplicada a equipos, direcciones y empresas familiares. Sirve para entender por qué un departamento no arranca, por qué un relevo no termina de asentarse o por qué un conflicto sobrevive a todas las personas que lo protagonizaron.
Esa línea de trabajo con empresas está aquí: formaciones de liderazgo y gestión de equipos.
Esto es coaching, no sanidad, y merece decirse sin rodeos.
No es psicoterapia y no sustituye a un tratamiento psicológico ni psiquiátrico. No diagnostica, no trata enfermedades y no promete curar nada. Si en una sesión aparece algo que necesita a un profesional sanitario, se dice y se deriva; y si ya hay un proceso terapéutico abierto, lo que se haga aquí no lo reemplaza.
Tampoco es adivinación ni una lectura del pasado familiar para explicarlo todo. Nadie va a decirte que lo que te pasa hoy estaba escrito hace tres generaciones. Se trabaja con lo que aparece, se ordena, y se decide qué hacer desde el presente.
Y no es una sesión para repartir responsabilidades entre tus padres, tu jefe o tu pareja. Entender el sistema no sirve para tener a quién culpar: sirve para dejar de cargar lo que no te tocaba y hacerte cargo, de verdad, de lo que sí.
Socio fundador de Despierta con un Click. Coach ICF con 2.500 horas de sesiones, Coach Sistémico, Master Practitioner en PNL, Experto en Gestión Emocional, Experto en Comunicación no verbal y Facilitador en Constelaciones Familiares y Organizacionales.
La mirada sistémica no es para él una técnica que se saca en momentos concretos: atraviesa la forma de acompañar y también la forma de enseñar. Quien se forma con nosotros en Autoliderazgo Consciente desde el Ser aprende a mirar así, aunque en el aula esa mirada rara vez se nombre con etiquetas.
Autoliderazgo Consciente desde el Ser se cursa en tres módulos, M1, M2 y M3. Quien los termina puede acceder después a una formación distinta, M4 Coaching desde el Ser, de catorce meses. Se llama M4 porque va detrás de esos tres, nunca por delante: no es un curso suelto que se compre aparte, es un paso al que se llega.
No entra quien no haya hecho antes Autoliderazgo, y el motivo no es de nivel ni de mérito. Antes de sentarte delante de otra persona para acompañarla hace falta haber pulido tu propia sombra, haber pulido tu propio espejo. Solo así se puede ser, de verdad, el espejo de alguien.
Dónde. En Centro Aurus, Avenida Cercado Corazón 3, Locales 9 y 10, Santa Cruz de Tenerife. También en línea para quien está fuera de la isla.
Williams Ramos, fundador de La Tribu Despierta.
Sin seleccionar ni editar. Se cargan en directo desde la ficha de Google de La Tribu Despierta.
La primera conversación es exploratoria, dura treinta minutos y es gratuita. Sirve para que cuentes qué te trae y para que salgas sabiendo si esto encaja con lo que necesitas. No hay que decidir nada más ese día.
Te escribiremos pronto para acordar el día y la hora de tu primera sesión.
No. El coaching sistémico se trabaja igual de bien con una sola persona en la sala. El sistema entra contigo, porque lo llevas puesto.
Depende de lo que traigas. Hay asuntos que se ordenan en dos o tres sesiones y procesos que piden recorrido. En la primera sesión se habla de esto sin comprometer nada.
No. La constelación es un formato concreto, casi siempre grupal. El coaching sistémico es la mirada que hay detrás y se aplica también en sesión individual. Está explicado más arriba y con más detalle en la página de constelaciones familiares.
Para los dos, y muchas veces son el mismo tema en dos escenarios. La forma en que se colocó la autoridad en una casa suele reaparecer entera en una oficina.
Sí, y conviene decirlo al empezar. El coaching no sustituye a la terapia ni interfiere con ella cuando ambas partes lo saben. Si lo que aparece corresponde al ámbito sanitario, se deriva.
Sí. La representación en el espacio se adapta y funciona. Presencialmente se hace en el centro Aurus, en Santa Cruz de Tenerife.